De impotencias y milagros

Post recuperado 15 de noviembre de 2017
 

Vivimos en una sociedad altamente competitiva y deshumanizada en la que estamos abocados a hipotecar nuestro tiempo (nuestra vida) para poder sufragar el coste de la innumerables necesidades que vivir en una economía consumista nos crea: facturas, prisas, ruido, rivalidad, problemas, conflictos, sufrimiento…

Frente a este panorama, siempre podemos adoptar la socorrida postura victimista. Esa que supone pensar que, – no importa lo que nos disguste en nuestra vida-, la culpa siempre estará “afuera”, será de los otros o de las circunstancias que escapan, claro, a nuestro control.

La gran mayoría de personas se mueve aún en este paradigma, muchos de ellos sin ser conscientes de ello.Todo en nuestra cultura nos incita a vivir desde ahí.

Y si bien este modo de pensar produce el espejismo de alcanzar cierta tranquilidad, el precio que se paga es elevadísimo. El victimismo te instala en la más absoluta impotencia, donde solo cabe un renqueante estado de resignación: la convicción de que no hay nada que podamos hacer. Tan solo esperar, – cuando no exigir-, que algo o alguien termine haciendose cargo de la situación y, en última instancia, de nuestro sufrimiento e insatisfacción.

Una persona resignada no ve las posibilidades de intervención que tiene ante sí para  cambiar lo que no le satisface. No es responsable de la situación, y, por tanto, se sume en el inmobilismo más absoluto: no hay nada que pueda hacer,- se dice-, salvo quejarme y sufrir. Y así, la impotencia da paso al sentimiento de injusticia y, fianlmente, el resentimiento frente a los demás y/o a la vida termina invadiéndolo todo.

Llegado este punto, solo cabe el escapismo. Evadirse de esta realidad aplastante.

No es de extrañar que cada vez sean más elevados los índices de conductas adicctivas: alcohol; drogas, juegos, apuestas, comida, sexo, tecnología… Tanto da. Cualquier cosa que nos separe de nuestra creciente e insoportable sensación de vacío e insatisfacción.

Ante semejante panorama, la pregunta es ¿hay salida?. Afortunadamente sí la hay. Existe, al menos, una alternativa: en las antípodas de la postura victimista, se halla la postura de responsabilidad personal. Responsabilidad entendida como capacidad para medir y reconocer las consecuencias de una acción propia que se llevó a cabo con plena conciencia y libertad, asumir las consecuencias que se deriven y responder por ellas.

La responsabilidad requiere de coraje, pues supone ser dueño de las propias acciones y actuar en consecuencia. Y también una alta dosis de humildad, reconociendo los errores cuando se cometen y aprendiendo de ellos.

Pero también es la puerta a la plenitud y la felicidad que derivan de asumir nuestro gran poder, la posibilidad de dotar de sentido a nuestra vida, el compromiso con la superación personal, el camino hacia la plena realización y la dicha de ofrecer a nuestro entorno nuestra mejor contribución.

Borja Vilaseca nos propone que para saber si estamos operando desde el paradigma victimista o desde el de responsabilidad, basta verificar si nuestra actitud frente a la vida está condicionada por la reactividad, el conflicto y el sufrimiento o más bien por la proactividad, la aceptación y la felicidad.

¡Tú decides!. Pues solo en tí reside la capacidad de hacer esa elección.

¡Cuantos procesos de Coaching se centran en este trabajo de transición!. Y son numerosas las técnicas de PNL que facilitan este proceso.

También desde el Coaching Ontológico, el modelo OSAR propone enfrentarnos a los resultados insatisfactorios de nuestra vida y relacionarlos con las acciones de las que directamente derivan para poder generar otros cursos de acción que nos ofrezcan resultados más satisfactorios.

Ya nos advertía Einstein: “Locura es hacer siempre lo mismo

y esperar resultados diferentes”.

Así pues, nuestro poder, y nuestra posibilidad de obtener resultados diferentes, pasa por hacernos cargo de nuestras acciones pasadas y generar modos de accionar diferentes.

¿Te animas a intentarlo?.

Afortunadamente, cada vez más personas están tomando conciencia y comprometiéndose con su autoconocimiento y su trasformación personal.

Al final, no es tanto “lo que me pasa”, sino cómo yo me relaciono con aquello que me pasa. No es cómo son los demás, sino la capacidad que desarrollo de separarme de mis juicios sobre ellos. No es tanto lo que no funciona en mis relaciones, como ver de qué forma las estoy retroalimentando y manteniendo.No es tanto “yo soy así”, como asumir el reto de que estamos en constante proceso de construción y el cómo estamos siendo hoy es una esfera que, por completo, nos compete.

Enfrentar nuestros retos y dificultades desde la postura de la responsabilidad, consiste en cambiar nuestro foco de atención, nuestra manera de observar. Y supone ampliar nuestra perspectiva, incluyendo-ME en la observación de la situación que me inquieta (observar al observador), y pasar a analizar la situación preguntándo-ME:, ¿cómo estoy contribuyendo YO en lo que está pasando?,   ¿qué puedo hacer YO para cambiar/mejorar esto que me preocupa?,  ¿qué aprendizaje puedo obtener de lo que ha sucedido, que me permita hacer las cosas mejor en el futuro?

Si conviertes esta observación en un hábito, serás consciente de cuántas cosas no estabas “viendo” en cada desafío. De cuántas cosas sí dependen de tí y están en tu campo de acción, invitándote a que te involucres en lugar de oponer  resistencia,de manera que puedas contribuir a la trasformación que ese desafío demanda y que pueda, tal vez, ocurrir, por fin, el milagro.

Porque ¿tú crees en los milagros?. ¡¡Yo si!!.

Como dice Raimon Samsó, un milagro es un cambio de percepción.

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Inmaculada Gabaldón Gabaldón

Abogada. Mediadora. Formadora

Coach Ontológica y Generativa. Trainer y Coach PNL

Instructora y facilitadora de Práctiaas Restaurativas.

Directora de Espacio confluère

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